martes, 19 de noviembre de 2013

Reseña "La misión del Embajador"

La misión del Embajador. Saga "La espía traidora" I
by Trudi Canavan


Sinopsis
Como hijo del difunto Gran Lord, Akkarin, salvador de la ciudad, y de Sonea, celebre maga negra de orígenes humildes, Lorkin quiere estar a la altura del legado de heroísmo dejado por sus padres. Por eso se presenta voluntario para acompañar a Lord Dannyl como su nuevo asistente en el cargo de Embajador del gremio en la ciudad de Sachaka.
Sonea se muestra contraria, ya que cree que Lorkin, por ser quien es, corre más peligro que ningún otro joven al introducirse en territorio sachakano. Todos desoyen sus propuestas. Por eso, cuando llega la noticia de que el joven Lorkin ha desaparecido, Sonea quiere salir en su busca. Pero tiene cosas quehacer en la ciudad; un asesino de ladrones anda suelto. Ha asesinado a la familia de Cery, y su amigo tiene pruebas de que el asesino usa la magia... 
Se teme que un miembro del Gremio pueda estar usando la Magia para eliminar a los ladrones, siguiendo un impulso justiciero. O tal vez se trate de un renegado que merodea por las calles de Imardin. Un renegado que tiene pleno conocimiento de sus poderes, y está resulto a utilizarlos para matar.  


Reseña
Tras el éxito de la primera Saga de la autora "Cronicas del Mago Negro" y la posterior presentación de "La Maga", donde se nos cuenta un periodo anterior a lo conocido en la historia de Sonea, Trudi canavan vuelve a introducirse en las calles de Imardin, en esta ocasión presentando una época que transcurre décadas después de la lucha contra los Sachakanos y la muerte de Akkarin. 

La temática sigue el mismo hilo que se pudo apreciar en "Cronicas del Mago Negro". El estilo de escritura es el mismo, la historia resulta interesante, los personajes muy bien caracterizados, la historia pinta original y la lectura es amena y rápida. Sigue teniendo dosis de acción aunque se pierde parte del misterio porque, aunque Lorkin a desaparecido y esa es la gran preocupación de Sonea, el lector sigue en todo momento la historia del joven y no se llega a sufrir por la incertidumbre. 

El peor trago lo pasas cuando debes dejar de leer. El corte de la autora para el siguiente volumen es perfecto, aunque a mi me entraron ganas de odiarla. Cuando más interesante se pone... te deja con las ganas de más. Aunque, como autora, se que eso es importante, como lectora, me duele dejar de lado a los personajes cuando "te necesitan".

Como fan de la autora y de los libros anteriores, debo decir que espero con ansías poder tener en mis manos la segunda parte de esta trilogía. Se ha comentado que es más interesante y quiero comprobarlo por mi misma. 

Os mantendré informados. 

xx ♥ Rosa 




miércoles, 13 de noviembre de 2013

Reseña: Los Curas Comunistas

Por Jose Luís Martín Vigil


Sinopsis

Cuenta la historia de un sacerdote que, motivado por la situación que se vivió en la Iglesia y en la sociedad a raíz del Concilio Vaticano II, entra a trabajar en una fábrica, con el fin de hacer llegar más lejos el Evangelio, de romper las barreras de una sociedad de blancos y negros, de buenos y malos.
En la fábrica se encuentra con la incomprensión de muchos, especialmente de aquellos que, considerando el mensaje de Cristo patrimonio suyo (las clases altas), creen que ese mensaje no debe llegar a todos. 
Las circunstancias de esa época hacen que las consecuencias de incorporar a una persona con estudios a los medios de producción no sean muy agradables para esas mismas personas que olvidan que el mensaje de Cristo también es un mensaje de justicia social y progresismo.

Reseña

En la época en la que vivimos, considero esta novela digna de ser leída. Mientras toda su gente se empeña en decirle que comete un error al querer acercar la religión a las personas de clase baja que han decidido apartarse del camino "correcto", el padre Francisco Quintas se aferra a la posibilidad de que, dejando que toda la gente sepa que se trata de un sacerdote, acercarse a la gente para demostrarle que la Iglesia no es ese instrumento que las clases altas aprovechan a su voluntad. 
Este relato resulta toda una inspiración para la gente que, como yo, hemos perdido la fe en la iglesia Católica y en todo aquello que nos intentó enseñar en su momento. Una iglesia que predica el compartir, la pobreza y la misericordia no puede ser una iglesia que nada en la abundancia, se abastece de Oro y comete pecados de los más viles. 
Gracias al padre Quintas y al actual papa, podría entender que mucha gente recobrara la fe y las ganas de creer en estos elementos. 

martes, 22 de octubre de 2013

La isla de Gerde: mentir, matar...morir

Capítulo 1
Parte 2


-¿Qué?
El joven saltó de su asiento al escuchar la proposición que le hizo su tío. ¿Le estaba hablando enserio? ¿De verdad pensaba que iba a dejarlo todo por irse con un tipo que ni siquiera conocía a saber dónde y a hacer qué? Estaba loco. Realmente loco si pensaba que iba a aceptar su oferta.
-Piénsalo, Marc. –Pidió el arqueólogo, sin inmutarse ante la exaltada reacción del muchacho- Vivirás a tus anchas, estudiarás en los mejores colegios, tendrás todas las oportunidades al alcance de tu mano y…
- No tengo nada que pensar
- Oh, sí, ya lo creo que lo tienes. De todas formas, no es necesario que me des una respuesta ahora. Como sabrás, tenemos todo el fin de semana por delante. Si te parece, el domingo por la tarde, a la hora del té, me comunicas tu decisión
Tras pasearse por la habitación durante el rato que tardó en llegar la resolución de su tío como si de un león enjaulado se tratase, el joven se paró a pocos metros de dónde el eminente arqueólogo estaba sentado. El hombre no había variado ni un ápice su posición, pero lo miraba expectante. Realmente, decidió el joven,  no ganaba nada yendo a malas desde el primer momento. Como su tío le había dicho, pasarían juntos todo el fin de semana. Tal vez debiera ceder algo de terreno, aunque fuera un poco. Y solo de momento.
-El domingo entonces –respondió finalmente, cruzándose de brazos.- Pero la respuesta va a ser la misma –aseguró, aguantándole la mirada a su tío en un gesto que reflejaba, o por lo menos lo pretendía, una rebeldía que no pensaba dejarse vencer, aunque Mr. Blake sabía cómo tratar con todo tipo de personas. Y un adolescente que además era su sobrino no iba a ser menos. Tan solo necesitaba encontrar cómo ganárselo. Lo demás vendría solo. Por eso una ligera sonrisa calmada fue su única reacción ante la respuesta de su sobrino.
-Decidas lo que decidas, te respetaré Marc. Solo te pido que no rechaces la idea sin siquiera planteártela. No permitas que un impulso decida por ti. Ahora, si me disculpas, tengo otros asuntos que atender; Gideon te enseñará dónde te hospedarás estos días.  Para la hora de la cena habré acabado, de manera que te veré en el comedor. –Se despidió del joven, invitándolo a salir con un gesto de la mano a la vez que la puerta se abría y en el marco se recortaba la silueta de quien el joven supuso era el tal Gideon. Tras dirigirle una breve mirada a su tío que, dándole la espalda se dirigía de nuevo hacia el escritorio, suspiró con resignación y salió por la puerta, cerrándola a sus espaldas.
Cuando se quedó solo, Viktor Blake se sentó tras su escritorio y abrió el primer cajón para sacar la agenda telefónica. Cuando encontró lo que buscaba, marcó los dígitos en el teléfono y esperó. Un tono, dos, tres… finalmente alguien responde al otro lado del altavoz:
-El chico está aquí […] Si, ya le he hecho la oferta […] No le ha hecho demasiada ilusión, pero ya contábamos con ello. Me habría desilusionado si hubiese aceptado a la primera.  Pero lo hará, cuenta con ello […] Tú déjame a mí y dedícate a cumplir con tu parte. ¿Has conseguido algo? […] Entonces, ¿a qué esperas?
Colgó el teléfono y se tiró hacia atrás, recostándose contra el respaldo del sillón mientras se masajeaba lentamente las sienes. Estaba rodeado de incompetentes.

Con las palabras de su tío todavía rondándole en la cabeza y sin poder creerse que estuviera hablando en serio, Marc siguió en silencio al mayordomo hasta la que le indicó sería su habitación mientras que durara el fin de semana. Le agradeció el que lo acompañase con un ligero gesto de la cabeza y entró. Sin prestar demasiada atención a nada, pasó por encima de su mochila, que alguien se había encargado de llevar hasta allí y se tiró encima de la cama, boca arriba y con los brazos estirados, mirando al techo. Tenía la firme convicción de que lo que no le pasara a él, no le pasaba a nadie.

Unos golpes en la puerta le hicieron abrir los ojos y la oscuridad que se podía percibir a través de la ventana le indicó que se había dormido. Frotándose la cara tratando de aparentar un aspecto algo más espabilado, abrió la puerta, y se encontró de frente con el mismo hombre que lo había acompañado unas horas antes hasta esa misma habitación. Por más que trataba de recordar su nombre, le resultaba imposible, por lo que Marc optó por no llamarlo de ninguna forma.
- ¿Sí?
- Señor Sullivan, el señor Blake me ha mandado para que le informe de que en unos minutos se servirá la cena y le gustaría contar con su presencia.
Al escuchar que el hombre se refería a él como “señor Sullivan”, Marc hizo un pequeño mohín, pero se esperó a que terminara de hablar para corregirlo. Al fin y al cabo era su trabajo
-Dígale a mi… al señor Blake –se corrigió a si mismo antes siquiera de pronunciar la palabra de parentesco que lo unía a Viktor Blake.- que se me ha hecho tarde sin darme cuenta. Me doy una ducha rápida y enseguida bajo. Y, por favor, nada de Señor Sullivan. Llámame Marc.
-No creo que me esté permitido hacer eso, señor
-Pero lo harás igualmente, si quieres recibir algún tipo de respuesta por mi parte
Y así, sin darle ninguna oportunidad de replicar, el joven cerró la puerta, dejando al mayordomo con la palabra en la boca. Este, al verse solo, dibujó una pequeña mueca muy parecida a una sonrisa ante la desvergüenza del chico y bajó al salón para comunicarle a su jefe la respuesta del chico a su invitación.

Quince minutos después, tío y sobrino disfrutaban de una magnifica cena enfrente de un enorme televisor de plasma dónde estaban retransmitiendo la final de la Super Bowl de la cual el joven no se perdía ni un solo detalle.
Después de quedarse solo en su despacho, Viktor Blake había llamado a su hermana para informarla de que Marc había llegado bien, que ya habían tenido un -estupendo- primer encuentro y que las cosas iban por el buen camino. Asimismo había aprovechado para preguntarle sobre los gustos más elementales de su sobrino: comidas, deportes, grupos de música, hobbies en general y ahora tenía un informe mucho más detallado que le permitiría ganarse sin ningún tipo de problema, estaba seguro, al adolescente que ahora mismo comía sushi a su lado sin apartar la vista del televisor.  Personalmente, él nunca había sido un gran seguidor de los deportes, ni los veía ni los practicaba, ni siquiera entendía por qué había gente que sí lo hacía pero, si eso le ayudaba en sus planes, estaba dispuesto a hacer ese pequeño sacrificio. Incluso fingía alegrarse o mostrar indignación cuando creía necesario.
Por su parte, Marc no podía creer lo realmente bien que iban las cosas. Cuando bajó al salón, vestido con unos simples vaqueros y una camiseta de manga corta, pensó que desentonaría mucho con el aspecto impoluto que solía presentar tanto su tío como todo lo que lo rodeaba pero, para su sorpresa, se había encontrado con Viktor Blake, sentado en un cómodo sillón muy parecido a los que había visto un rato antes en su despacho, frente a una gigantesca televisión de plasma dónde podía verse el partido de la Super Bowl. Impresionado, Marc se acercó a él y lo acompaño, sentándose a su lado, mientras que, avisados de que el chico ya se había unido a su tío, desde una puerta que asoció con la cocina, entraban otros dos hombres uniformados cargados con unas bandejas que depositaron encima de unas mesas móviles que acabaron justo enfrente de ellos. Marc miró su plato con curiosidad y una vez más se sorprende al ver en él la más selecta variedad de sushi que jamás hubiera visto. Ciertamente, la comida oriental era su favorita, aunque le sorprendía que su tío conociera ese detalle. Tal vez solo había sido casualidad. Aunque lo dudaba, ya que en el plato de al lado no había sushi sino pasta, lo que indicaba que aquel no era un plato que a Mr. Blake le gustara demasiado. De cualquier manera, todos estos detalles dejaron de tener importancia para él cuando de la tele llegó un gemido ahogado que anunciaba una jugada fallida del equipo predilecto. Desde ese momento, y hasta el final de la cena, su atención se centró única y exclusivamente en el partido.
Cuando un rato después estaba tumbado sobre su cama, con las manos en la nuca, mirando fijamente el techo a pesar de estar a oscuras, Marc pensó que al fin y al cabo tal vez no estuviera tan mal la cosa. Podría acostumbrarse fácilmente al sushi, la tele gigante, y todo el lujo que parecía rodear a su tío. Solo durante el fin de semana, claro. Después volvería a su casa, a su vida. Con su madre, sus amigos, Paul, Jeannette… Se dio la vuelta, acomodándose y, con esos pensamientos en la cabeza, se quedó dormido.

Los días que pasó en compañía de su tío fueron realmente excitantes. Practicaron deportes tan variados como el boxeo o la natación e incluso le dieron unas clases elementales de conducción, a pesar de que todavía no tenía la edad legal para hacerlo. Comieron en los sitios más estrafalarios y Marc tuvo la oportunidad de conocer a  gente de lo más variopinta. Fueron a reuniones que tenían más pinta de fiestas que de otra cosa y, para relajarse, tomaban largos baños en el jacuzzi o se daban masajes en las salas del hotel. Incluso la noche del sábado, tío y sobrino fueron al estadio de fútbol de Mestalla a ver un partido.
A Marc se le hizo realmente corto el fin de semana y, casi antes de poder darse cuenta, había llegado el momento en el que tenía que volver a casa. 
El domingo por la tarde, mientras preparaba la maleta, su tío llamó a la puerta de la habitación:
-Está abierta –Informó Marc desde dentro, tratando de encajar unos vaqueros en el poco espacio que quedaba en la maleta, preguntándose como de incómodo se viajaría con dos pantalones.
Mr. Blake entró y cerró la puerta a sus espaldas. Llevó las manos a su espalda y esperó pacientemente a que Marc terminase lo que estaba haciendo. Cuando el muchacho por fin le devolvió la mirada, esbozó una pequeña sonrisa y empezó a hablar:
-Supongo que sabes por qué estoy aquí, ¿cierto?
El suspiro que lanzó el muchacho le hizo entender que si, lo sabía. Y, puesto que no había necesidad de que se lo dijera con palabras, continuó hablando sin esperar respuesta:
-Es hora de que me des una respuesta definitiva, Marc. Así que, voy a volver a hacerte la pregunta. ¿Vendrás a vivir conmigo?
El chico mordisqueó su labio inferior. Era cierto que durante esos días, cada vez que estaba solo le daba vueltas al mismo tema, una y otra vez. Y ese era el mayor motivo por el cual por las noches le costaba conciliar el sueño, pero nunca había conseguido sacar nada más que un dolor de cabeza. Al principio su respuesta había estado clara pero ahora… A decir verdad, si que había algo que le rondaba la cabeza, una idea, tal vez no fuera lo que Viktor Blake esperaba, pero Marc tenía la teoría de que realmente podía llegar a funcionar.
-A decir verdad, he estado pensando bastante en ello y se me ha ocurrido algo.
-Te escucho.
-Queda muy poco para que termine el curso; solo unas semanas –Mr. Blake ya sabía hacia donde se dirigía su sobrino, pero prefirió dejarlo terminar de explicarse y no interrumpirle.- Y tal vez mi madre se lo tomara todo con más calma si le dijera que quiero pasar algún tiempo durante las vacaciones con usted. Así podríamos ver cómo van las cosas, la convivencia y eso. Y ya después, decidir. ¿No?
-Eres un chico muy sensato, Marc –Felicitó Mr. Blake a su sobrino, dirigiéndole una sonrisa orgullosa. Ese era un rasgo que había sacado de su familia.- Y, desde luego, lo que dices tiene sentido. Está bien. Acaba el curso aquí. De todas formas, tienes razón, apenas faltan unas semanas y no querría estropearte ahora el año académico. Volveré a llamarte cuando se acerque el momento y concertaremos el encuentro, ¿te parece?
-Muchas gracias, señor Blake. Tío. –Se corrigió el chico con una ligera sonrisa,  a la vez que sus mejillas adquirían un tono sonrosado sin llegar a ponerse rojo. Era la primera vez que se dirigía a Viktor Blake como si fuera alguien de su familia.
-No hay de que, Marc. Ahora debes darte prisa. El taxi está en la puerta –Lo apuró Mr. Blake y, dirigiéndose después hacia la puerta, salió de la habitación sin decir nada más.
Marc, por su parte, terminó de hacer la maleta, recogió sus cosas y salió de la habitación. Esperaba ver a su tío antes de irse, pero Mr. Blake no salió a despedirse. Excusándolo con la idea de que estaría ocupado, acompaño a Gideon hasta la entrada y después se dirigió él solo hacia el taxi que lo esperaba en la puerta del hotel para llevarlo de vuelta a casa. Se acomodó en la parte trasera y se puso los auriculares, dispuesto a aislarse del mundo, sin volver la vista hacia el hotel. Pero, desde la ventana de su despacho, Mr. Blake no perdía de vista el taxi que se alejaba, mientras esperaba que al otro lado de la línea, alguien cogiese el teléfono.
-Samuel, tengo noticias…

Cuando Samuel colgó el teléfono, después de su conversación con Mr. Blake, una ligera muestra de disgusto adornaba su cara. Después de todo lo que habían esperado ya, ese mocoso se esforzaba por retrasarlo todavía más. Estaba claro que no sabía nada, por supuesto, pero eso no significaba que Samuel no lo culpara por ello. Además estaba ese tonito que Mr. Blake había usado durante toda la conversación. Estaba divirtiéndose. Su sobrino se había pasado de listo y a él le divertía. Decía que no había esperado menos de un Blake. Era de locos.

Con un suspiro de obligada resignación, Samuel salió de la habitación y se dirigió nuevamente a la puerta que llevaba custodiando desde hacía ya más de un mes. Se asomó al pequeño cristal que dejaba ver el interior de la habitación y buscó a la chica con la mirada, aunque de antemano sabía dónde estaría. No se había movido de allí desde que la habían llevado. Acurrucada en una esquina, con las piernas rodeadas por sus brazos y la cara enterrada entre las rodillas, descansaba la pequeña salvaje que habían encontrado en la expedición. Junto a ella reposaba una bandeja de comida, de la que solo faltaba la fruta. Siempre igual. Comía muy de vez en cuando y solo piezas de fruta. Durante mucho tiempo habían temido que enfermara de hambre, pero parecía soportarlo bien. En ese momento la chica levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. Una vez más, fue Samuel quien se rindió primero, retirándose de la ventana. Nunca había sido capaz de soportar la penetrante mirada que le devolvían esos intensos ojos azules.

sábado, 12 de octubre de 2013

La isla de Gerde: Mentir, Matar... Morir

Capítulo 1
(Parte 1)



Cuando sonó el timbre que indicaba el final de las clases, todas las sillas se arrastraron por el suelo y el continuo murmullo que se había mantenido activo durante toda la hora, fue aumentando su volumen mientras la profesora trataba en vano de dar la lección que se había propuesto terminar ese día. Cansada, decidió desistir y desearles a sus alumnos un feliz fin de semana antes de recoger su bolso, su carpeta y salir del aula.
Mientras el resto de sus compañeros gritaban, charlaban animadamente y discutían acerca del gran partido de fútbol que se jugaría ese fin de semana o de la ropa que se pondrían para la ya famosa fiesta que Jeannette daría el sábado en su casa, Marc Sullivan se dedicaba a recoger sus bolígrafos y cuadernos para meterlos en la mochila con gesto asqueado. Apenas hizo una parodia de saludo cuando Paúl, su mejor amigo desde que iban a la guardería, entró a clase y se le tiró encima, celebrando que por fin era viernes.
-Joder, tío, vaya careto. Cualquiera diría que es viernes, que esta noche cenamos de gorra en el bar de mi padre y que mañana… - se frotó las manos en señal de expectación- nos vamos a la fiesta de Jeannette con pases especiales –celebró el chico, canturreando alegremente, marcándose un baile cutre, que logró arrancarle a Marc una sonrisa un tanto amarga.
-Pues espero que lo disfrutes todo tú solito –Le respondió, levantándose por fin, colgándose la mochila de un solo hombro. Salió de clase, esquivando a un grupito de chicas que cuchicheaban delante de clase, las cuales le dirigieron más de una mirada de reojo que él ignoro. Odiaba haberse convertido en uno de los principales cotilleos de esa semana. Echó a andar sin demasiada prisa, esperando el momento en el que Paúl le diese alcance. Sabía que no tardaría en seguirle. En efecto, dos segundos más tarde, una mano en su hombro le hizo volverse, confirmando su teoría:
-¿Cómo que “tú solito”?
-Pues eso. Que no cuentes conmigo. No puedo ir.
-Espera, espera, ¿Quieres decirme que debo creer que Marc Sullivan va a perderse la fiesta del año en casa de Jeannette LaCroix, la tía más buena que ha habido y habrá en décadas en este colegio? – Preguntó Paúl, recalcando la palabra décadas. Después de un par de segundos, el chico explotó a reír propinándole a Marc un puñetazo amistoso en el hombro- De acuerdo, de acuerdo. Esa ha sido buena. Debo admitir que he estado a punto de… -Miró la cara de su amigo y la sonrisa se le borro de golpe al ver su gesto serio- No. No te estás riendo. ¿Por qué no te ríes? Marc, ¡ríete! –Le ordenó.
-Lo haría encantado, créeme. Pero ahora mismo tengo más ganas de que me pille un coche que de reírme – suspiró cabizbajo el chico, saliendo del edificio al patio central, camino del aparcamiento donde tenía aparcada su bicicleta.
-No puede ser, ¡No puede ser! Pero, ¿por qué? ¿Por qué llevarías a cabo un suicidio social como ese y me arrastrarías a mí de paso? – Exageró Paúl, agarrándole de la manga de la camiseta con gesto desesperado- Dame una razón
-Tío, ¡suéltame! –Exclamó Marc, estirando bruscamente el brazo para soltarse. Se colocó bien la mochila que llevaba colgada de un solo hombro y suspiró, muy cansado, girándose para mirar de frente a su amigo decidido a darle, por lo menos, una explicación.- Mi tío quiere verme. Y mi madre me ha dicho que cuanto antes. No tengo opción.
-Pero, ¿tiene que ser precisamente este fin de semana?
-¿Qué parte de “cuanto antes” es la que no entiendes? –Replicó Marc, exasperado. Cuando quería, Paúl se ponía de un tonto increíble. ¡Ni que él tuviese ganas de ir!
-Vale, vale. Pero, ¿tu tío? ¿Qué tío? –Preguntó Paúl, haciendo un esfuerzo por recordar. Que él supiera, Marc no tenía mucha familia así que las posibilidades eran reducidas.- ¿El arqueólogo estirado que vive en el monte?
-El mismo – Asintió Marc, sacando de los vaqueros la llave del candado de la bicicleta, retomando el camino. – No sé que le ha entrado ahora pero, de pronto, después de años sin verme, le entran las prisas. Yo no entiendo nada –reconoció, parándose en la entrada del aparcamiento, donde debería separarse de su amigo, al que esperaba su madre en el coche.
-Es raro, desde luego –Reconoció Paúl, poniéndose más serio- De todas formas, intenta hacer algo. Habla con tu madre, apela a su amor maternal, yo que sé, ¡haz algo! Inténtalo y llámame esta noche.
El joven asintió con la cabeza, con un gesto no demasiado convencido.
-Está bien. Luego hablamos
Tras despedirse de su amigo, liberó su bicicleta del candado y se montó, saliendo de los límites del instituto, pedaleando con tranquilidad. En la primera esquina se topó con un grupo de chicas que volvían a casa caminando y entre ellas reconoció la figura de Jeannette. Cuando sus miradas se encontraron le dirigió un breve gesto de despedida antes de alejarse con rapidez, sin darle tiempo a decir nada. Desde luego debería llamarla, darle una explicación y luego… y luego, ¿qué? Daba igual. Hiciese lo que hiciese, Paúl tenía razón, era un suicidio social. Y no podía hacer nada por evitarlo. Furioso con todo en general, giró en la primera curva y siguió el camino recto por la carretera que le llevaría a las afueras de la ciudad, dónde su madre y él vivían desde que se mudaron a aquella ciudad, en un pequeño ático que su tío les recomendó. Necesitaba despejarse, no pensar en nada, de manera que se incorporó sobre el sillín y pedaleó cada vez con más fuerza, desfogando así toda la rabia que sentía en ese momento.

Veinte minutos después, abrió la puerta de casa. Tiró la mochila al suelo y dejó las llaves en el pequeño cuenco que adornaba la mesita, único mueble presente en el recibidor, antes de pasar al salón, deshaciéndose de la cazadora por el camino. Como siempre, en su casa hacía un calor infernal. Creyendo estar solo, dejó la prenda colgada en el respaldo del sofá y se sentó, quitándose las deportivas, mientras encendía la tele con el mando a distancia. No tenía ganas de hacer otra cosa.
-Recoge la chaqueta ahora mismo y apaga la tele. ¿No tienes deberes que hacer?
Marc pegó un bote en su asiento cuando la voz de su madre le llegó desde la puerta de la cocina. Menudo susto. Se giró para mirarla con cara de pocos amigos, reprochándole así el sobresalto y contestó sin demasiado entusiasmo, volviendo a mirar la tele
-Ahora lo quito y no, no tengo deberes. Es fin de semana
-Los fines de semana también hay deberes
-Sí, pero se hacen el domingo
-Sí, pero tú el domingo no estarás aquí. ¿Lo has olvidado?
Marc maldijo por lo bajo. No, no lo había olvidado. Y, al parecer, ella tampoco.
-Mamá, yo no quiero ir a ningún sitio. Este sábado hay una fiesta y…
-Ya hemos tenido esta conversación antes, Marc, y no hay discusión posible. Es la primera vez que mi hermano me pide un favor y no voy a negárselo.
-Pero, ¿por qué tengo que ser yo el que vaya? ¿Por qué no  puedes ir tú? –Volvió a mirar a su madre con gesto interrogante. Esa era una de las cosas que más le extrañaba de todo el asunto. Su madre había recibido órdenes, sí, ordenes, esa era la palabra que ella había empleado, de que él, Marc, tenía que ir esa misma tarde al hotel Las Arenas sin falta. No sabía gran cosa de ese tío suyo, pero algo si le había quedado claro; si podía permitirse el pasar un fin de semana en ese hotel y pagárselo también a él, el tío tenía pasta.
-Porque tu tío insistió precisamente en que fueras tú, no yo. Además, yo mañana trabajo.
-Mentira –Respondió el joven en voz alta, levantándose del sofá- Llevas toda la semana canturreando por los rincones que, después de estar tres años trabajando en ese bar de mala muerte fin de semana sí y fin de semana también, es la primera vez que libras en sábado. Así que no me mientas
Danielle Blake se mordió el labio inferior mientras desviaba la mirada de los ojos de su hijo. Ciertamente, le estaba mintiendo, y él lo sabía. Bueno, no lo sabía, pero lo intuía. Y una simple mirada a esos profundos ojos verdes bastaría para que se derrumbase y le dijese toda la verdad. Una verdad que ni siquiera ella sabía del todo. Su única información se basaba en que el día anterior, antes de que Marc volviera de clase, su hermano había llamado para pedirle un favor. Quería ver a Marc. Iba a pasar un par de días en Valencia por motivos de negocios y quería… no, necesitaba, ver a su sobrino. La verdad, A Danielle no le cuadraba demasiado esa escena. La única vez que Víctor y Marc se habían visto fue años atrás, en el entierro de su marido e incluso en ese momento no habían intercambiado más que un par de frases de cortesía. Pero quería a su hermano, y haría lo que fuera por complacer su petición. Incluso si Marc se ponía cabezón. 
-Háblame bien, Marc –respondió con suavidad a la acusación de su hijo- Y créeme cuando te digo que nadie más que yo deseaba tener el sábado libre. Pero han surgido complicaciones. Irma no puede ir y tengo que sustituirla –Mintió con tranquilidad, dándose media vuelta para volver a la cocina. – Dúchate y coge algo de ropa para llevarte. Tu tío te espera en un par de horas
El joven maldijo otra vez y apagó la tele de malas maneras, lanzando el mando encima del sofá. En esos momentos odiaba todo lo que había a su alrededor. Odiaba a su madre, a su tío, la situación en general y se odiaba a sí mismo por no ser capaz de ofrecer más resistencia.
Lleno de resignación, se encaminaba a la habitación a coger sus cosas cuando la voz de su madre le llego nuevamente desde la cocina
-Marc…
-¿Qué? – Preguntó rápidamente, asomando la cabeza desde la puerta que daba al pasillo con un deje de esperanza. Incluso el tono de su voz se había suavizado. Tal vez su madre había cambiado de opinión y le dejaría quedarse en casa
-La chaqueta
Resopló con aire frustrado y volvió a entrar al comedor. Cogió la chaqueta cargándosela al hombro y dirigió una mirada al suelo dónde estaban tiradas las zapatillas de deporte. Las dejaría ahí. Su madre se merecía ese pequeño castigo
-Y ya que estamos, recoge también las deportivas
Marc miró desconcertado hacia la puerta de la cocina al escucharla, pero ahí no había nadie. Su madre estaba dentro, podía oír el agua correr. ¿Cómo podía saber entonces lo que estaba pensando? A regañadientes se puso las zapatillas para no llevarlas en la mano y se fue a su habitación. Realmente, a veces las madres daban miedo. Sobre todo la suya.
Soltó la chaqueta encima de su cama y se dirigió al baño, cerrando la puerta con un golpe seco. Una hora más tarde estaba listo para marcharse.

Bajó del taxi mirando la fachada del hotel con expresión muda de admiración. Era realmente fascinante. Él había querido ir con la bicicleta, pero su madre se había negado, realmente quería que le causara una buena impresión a su tío y no sabía si eso le gustaba. ¿Para qué iba a querer caerle bien a alguien a quien no pensaba volver a ver?
Se colgó del hombro la bolsa de deporte donde había guardado la ropa y atravesó los amplios jardines que separaban el edificio de la verja de entrada. El hotel estaba construido en su totalidad por tonalidades blancas. Las varias plantas de altura estaban decoradas con amplios balcones que dejaban adivinar con bastante acierto la grandaria de cada habitación y todos ellos tenían fantásticas vistas a la playa. Desde uno de los laterales del jardín se podía adivinar la figura de una piscina en la parte trasera y Marc Sullivan solo pudo sentirse sobrecogido ante semejante visión de opulencia. Con paso lento, el joven entró a la recepción y su visión, que tan bien encajaba en lo que hasta el momento conocía del hotel, no hizo más que aumentar su nerviosismo. Se encaminó al mostrador y esperó pacientemente su turno, mirando alrededor sorprendiéndose cada vez por algún pequeño detalle que se le había escapado la última vez. Cuando le llegó el turno, preguntó por la habitación del señor Blake, como su madre le había dicho y, siguiendo instrucciones, subió hasta el último piso. Miró el número de habitación que le habían dado en recepción y se encaminó hasta la puerta. Golpeó la madera con los nudillos y esperó.
La respuesta no se demoró demasiado. A los pocos segundos un hombre con apariencia de mayordomo le abrió e insistió en que le diera la mochila y la cazadora, asegurándole que cuidaría de ellas. Sin muchas confianzas puestas en aquel tipo, accedió a darle la mochila, pero no la cazadora argumentando que se encontraba cómodo así. En realidad lo que quería era estar preparado por si tenía que salir huyendo.
Al momento salió por la puerta que estaba a su izquierda otro hombre vestido igual que el que le había recibido, informándole de que el señor Blake le estaba esperando y que podía pasar. Sin acabar de creerse que algo tan surrealista le pudiera estar pasando, Marc siguió al hombre en silencio hasta unas puertas de roble blanco, completamente cerradas
-El señor Blake está dentro. Golpee la puerta para avisar de su llegada y puede pasar –Le informó el hombre antes de dar media vuelta y alejarse para ocuparse de algún otro quehacer.
Cuando lo dejaron solo, Marc se quedó un minuto plantado delante de las puertas sin atreverse a tocar planteándose seriamente la opción de dar media vuelta y salir de allí. Pero después de tanta parafernalia, le había entrado la curiosidad por conocer a ese tío suyo, de manera que se armó de valor y golpeó la puerta con decisión. Tras escuchar un suave “adelante” que lo invitaba a entrar, traspasó las puertas, y las cerró tras de sí.
La habitación estaba casi en penumbras, tan solo iluminada por el fuego que ardía en la chimenea pero Mr. Blake  ya se había acostumbrado a la escasa luz, por eso vio a su sobrino mucho antes de que éste lo viera a él. Ciertamente tenía el desparpajo y la gracia de su madre para moverse. Lo vio mirar alrededor, buscando tal vez un interruptor que le proporcionara la luz que tanto necesitaba su instinto. Conmovido por esta necesidad, Mr. Blake se apiadó de él y se levantó del sillón que ocupaba, acercándose a la pared para conectar el interruptor
-Hola Marc –saludó sin mucho entusiasmo, acercándose con lentitud a su sobrino, tomándose su tiempo para poder observarlo bien.
Claramente Marc era uno de esos adolescentes modernos. Las mechas de su pelo ya de por si rubio  y el pequeño pendiente que brillaba en su oreja derecha lo delataban. Por lo demás era muy parecido a su hermana; ojos verdes y profundos, nariz fina, rasgos suaves… en cambio la expresión era totalmente una copia de la de su padre. Los brazos cruzados sobre el pecho, las piernas separadas en actitud claramente defensiva y la misma mirada desconfiada que tantas veces había visto en el rostro de su cuñado. En cuanto al resto, Mr. Blake solo podía hacer suposiciones pero, por la manera en que se ceñían los vaqueros a sus piernas y la ajustada camiseta blanca dejaba entrever, Marc era un chico al que le gustaba hacer deporte. Se mantenía en forma. Y eso le serviría de mucho para lo que Viktor Blake lo necesitaba.
-Señor Blake –Le devolvió el saludo el chico acompañando sus palabras con un leve gesto de la cabeza.
-Sin formalidades, Marc, que somos familia. Puedes tutearme
-No suelo tratar con confianza a los desconocidos –respondió con indiferencia el joven, encogiéndose de hombros.- Señor Blake está bien
Al notar el rencor que se mezclaba con las palabras de su sobrino, Mr. Blake cedió con un asentimiento casi imperceptible, dándole esa batalla por ganada al chico. Al fin y al cabo todo el mundo lo llamaba así y, realmente, él lo prefería. Tan solo había sido un intento de ser amable con su sobrino. Pero estaba claro que el chico no se lo iba a poner fácil, aunque Mr. Blake tampoco lo esperaba. Y se habría sentido terriblemente decepcionado de haber sido de otra manera. 
Sin decir nada más, el hombre dio media vuelta y se dirigió hacia el sillón que ocupaba ya antes de la llegada de su sobrino, invitando al joven a hacer lo mismo en el asiento de enfrente con un gesto de la mano. Marc no se hizo de rogar en ese aspecto y enseguida se dirigió hacia el cómodo sillón, se sentó casi en el borde con el cuerpo inclinado hacia delante y apoyó los codos en las rodillas, esperando que Mr. Blake iniciara la conversación que lo había llevado hasta allí.
-¿Quieres beber algo? –preguntó el arqueólogo cogiendo su propia copa de brandy, dándole un sorbo.
-No, estoy bien. Gracias –Se obligó a sí mismo el joven a ser educado. Lo que nunca había sido era paciente, por eso no tardó más que unos segundos en abordar el tema que le interesaba.- Mi madre me dijo que necesitaba hablar conmigo de algo importante. Me gustaría saber de qué se trata
Viktor Blake suspiró algo molesto por la impaciencia de su sobrino. Eso era algo que no le gustaba. Los buenos soldados sabían tener paciencia y aguardar órdenes. Tendrían que cambiar eso. De todas formas, si querían que Marc colaborara deberían tenerlo contento, por lo menos de momento. De manera que Mr. Blake se obligó a mostrar una pequeña sonrisa a la vez que dejaba la copa medio llena encima de la pequeña mesa de cedro que separaba los dos sillones. Entonces se recostó contra el respaldo de su asiento con tranquilidad viendo con satisfacción como, a pesar de que Marc movía la pierna en evidente gesto de nerviosismo, no insistía en su pregunta. Debía estar seguro de que Mr. Blake le contestaría, aunque le costara algo de tiempo.
-Verás Marc –comenzó a hablar Mr. Blake con voz algo monótona- ya sé que nunca me he preocupado demasiado por ti –hizo una pausa para comprobar el efecto que sus palabras provocaron en el semblante de su sobrino el cual lo cruzó una irónica mueca acompañada de un sonoro suspiro impaciente- pero estoy realmente interesado en que eso cambie.
Esas palabras si atrajeron la completa atención de Marc, que le dirigió una mirada confusa entornando levemente los ojos en actitud de total incomprensión.
-Esto todavía no se lo he propuesto a tu madre, primero quería hablarlo contigo, ya que creo que eres lo suficientemente maduro como para tomar tus propias decisiones y me gustaría que el “sí” saliera de tu boca en primer lugar antes de consultarlo con Danielle –Continuó Mr. Blake con un tono de voz más meloso. Si realmente Marc era tan parecido a su padre como él creía, el simple gesto de simular tenerlo en cuenta haría mucho en su favor. Y al parecer tenía razón. Al escucharlo el joven adoptó una postura más relajada, se recostó contra el respaldo del asiento y apoyó el codo en el reposabrazos, dejando reposar la mejilla sobre su puño cerrado. Su mirada estaba ahora llena de interés.
-Le escucho –Concedió, mirándole con atención. Le gustaba que, por una vez, se le tuviera en cuenta antes de decidir nada sobre su vida.
-Quiero que vengas a vivir conmigo –Soltó de golpe Mr. Blake, sin andarse con tapujos llevándose otra vez la copa a los labios con gesto tranquilo, dejando que su sobrino asimilase el peso de sus palabras.

viernes, 11 de octubre de 2013

Actualmente estoy leyendo... (11 de Octubre)

Seriously... I'm Kidding. By Ellen DeGeneres`


Último libro publicado por la cómica, actriz y presentadora estadounidense.
En este libro, Ellen da una serie de consejos acerca de cómo vivir la vida desde su punto de vista, siempre aderezado con una serie de comentarios sarcásticos que consiguen arrancarte una sonrisa cuando menos te lo esperas.
Constantemente se hace alusión a algunos de los muchos personajes famosos que han hecho su aparición en el famoso Talk Show de la escritora, o a los que ha conocido en diversas fiestas.
Es un libro completamente recomendable del cual todavía no he conseguido encontrar la traducción al español pero que es de muy sencilla compresión en su lengua natural.

Completamente recomendable.


jueves, 10 de octubre de 2013

La isla de Gerde: Mentir, matar...morir

Prólogo.

Salió de la cama poniéndose la bata por encima del pijama y murmuraba mientras bajaba los escalones que descendían hasta la misma puerta de entrada al escuchar el sonido de la tormenta que tronaba fuera. ¿Quién podría tener ganas de visita a esas horas de la noche y con semejante temporal? Abrió la puerta y se colocó correctamente las gafas sobre la nariz mientras entrecerraba los ojos para adivinar la silueta de quien se encontraba fuera, protegido por la oscuridad de la noche. Aun con las gafas puestas, no reconoció al visitante hasta que una voz conocida se dirigió a él con respeto. Era Samuel, un compañero de la universidad en la que Mr. Blake, como era conocido entre compañeros de profesión y alumnos, impartía clases de antropología. Su joven compañero carraspeó antes de comenzar a hablar y, cuando lo hizo, su voz sonó titubeante, sin fuerza:
-  Señor Blake, lamento irrumpir en su casa en mitad de la noche y sin haberle avisado pero… tenemos un problema. –Mr. Blake se fijo en el gesto nervioso que demostraba retorciendo el sombrero entre sus manos y supo que, ciertamente, tenían un problema.
Se movió a un lado para que su invitado pudiese pasar dentro de la casa, cosa que éste hizo sin hacerse de rogar. Una vez dentro, Samuel le miró con culpabilidad, sin saber cómo empezar la conversación. Era un asunto delicado que debía ser tratado con suavidad y discreción. Mr. Blake, poniéndose cada vez más nervioso a causa de la incertidumbre, pero sin atreverse a presionarle, cosa que su delicada educación de colegio inglés no le permitía, abrió la puerta de entrada al salón y le dirigió a su compañero una mirada amable, acompañada de una leve sonrisa, apenas perceptible:
-¿Té?
- Por favor – Asintió éste, cruzando el umbral de la puerta abierta. Se quitó el abrigo y lo enrolló en su brazo, sentándose en su sitio de siempre, una confortable butaca enfrente del sillón del maestro, como él lo llamaba. Samuel esperó a que el improvisado anfitrión volviese a la sala. Cuando regresó, Samuel no levantó la cabeza, ni hizo gesto alguno de haber notado su presencia, ya que estaba demasiado ocupado pensando las palabras adecuadas con las que debía comenzar su discurso. De manera que, cuando Mr. Blake dejó la pequeña taza repleta de té y el azucarero en la pequeña mesa que se interponía entre los asientos, Samuel dio un bote, sobresaltado y miró a su compañero, enrojeciendo levemente:
- Gracias – murmuró. Alargó uno de sus brazos delgados y con mano temblorosa abrió el azucarero, llenó completamente una primera cucharada y la mitad de la segunda para después coger la taza y darle vueltas con la cucharilla mientras se recostaba en el sofá, con gesto más bien ausente.
El viejo pero enérgico profesor se sentó en su sillón y esperé con su eterna paciencia tan característica a que su joven compañero se decidiese a hablar. Aquello se demoró bastante pero, cuando Samuel se acabó la bebida y dejó la taza vacía nuevamente encima de la mesa, se le acabaron las excusas para retrasar más el motivo de su visita. De manera que se incorporó un poco, y se colocó con los codos apoyados en sus propias rodillas, entrelazó los dedos de sus manos y miró fijamente a su interlocutor. Después de unos segundos, respiró hondo y tan solo pronunció una frase:
- Lo han encontrado.
El profesor miró a su compañero durante un par de largos segundos antes de responder, esbozando el principio de una sonrisa. Esa noticia no tenía nada de malo, no entendía la reacción de su compañero.
- ¿Lo han... encontrado? Pero, Samuel, eso es fabuloso – A medida que hablaba, su sonrisa se iba ensanchando - ¿O no? – Dudó el hombre, al ver la cara de circunstancias que le miraba desde la butaca de enfrente.
- Escapó antes de que pudieran detenerle – Suspiró Samuel- Pero eso no es todo, profesor. No estaba solo.
- ¿Cómo? – Por primera vez en toda la conversación, Mr. Blake se mostró extrañado; tenso. Se sentó en el borde del sillón, acercando poco a poco la parte superior del cuerpo hacia donde se encontraba su interlocutor - ¿Qué quieres decir?
- Una chica estaba con él.
- Entiendo –Asintió Mr. Blake, asimilando la información.
- Una cómplice, debo suponer.
Samuel se encogió de hombros:
- No lo sabemos. La chica se ha negado a hablar desde que la encontramos. La tenemos retenida en las instalaciones, pero no sirve de nada.
Mr. Blake respiró hondo, vaciando del todo sus pulmones, buscando así liberar la tensión que se había acumulado en ellos. No sólo estaba el problema de que el sujeto al que llevaban persiguiendo tanto tiempo se les hubiera escapado prácticamente de entre los dedos; además, ese sujeto no andaba solo. Aquello solo les podía traer grandes problemas. Tras unos segundos de reflexión, Mr. Blake se recostó contra el sillón y cerró los ojos, mientras se masajeaba las sienes con pequeños movimientos circulares. Cuando habló, lo hizo con una voz seria que se adaptaba perfectamente a la magnitud del problema al que se enfrentaban:

-Samuel, tenemos un problema. 

La isla de Gerde. Mentir, matar... morir

Presentación de mi primera novela publicada.



Como en esta ocasión no se trata de una reseña, sino que estamos hablando de una presentación para dar a conocer mi obra, me gustaría poder ser imparcial. De manera que voy a dejar aquí el prólogo, y una parte del primer capítulo, para que juzguéis vosotros mismos.

Sinopsis
Me llamo Erika
Cuando las escuchó, Marc Sullivan no tenía la menor idea de la cantidad de problemas que esas simples palabras iban a llevar a su vida.
         Hasta ese momento, Marc había sido un adolescente normal cuya máxima preocupación era pasar de curso y conseguir hablar con las chicas sin convertirse en el principal cotilleo del día siguiente.
         Pero todo eso cambió el día en que su madre le informó de que tendría que reunirse con su tío. Marc había visto a Viktor Blake en contadas ocasiones y ese repentino interés por él le preocupó. Su instinto tenía razón.
         Su tío quería que Marc viviera con él. Tras negarse en redondo, Marc aceptó compartir el verano con él, antes de tomar una decisión definitiva. Ese fue su primer error. Porque, al irse a vivir con Mr. Blake, Marc conoció a Erika. Eso no habría sido tan malo si con ella no hubieran llegado también Lia, una guerrera nata con las ideas muy claras, y Alexei, el misterioso chico al que todos temen y admiran a partes iguales.
         Contra su voluntad todos ellos formarán una alianza bajo la necesidad de protegerse los unos a los otros para poder seguir vivos. Los chicos comienzan un viaje tortuoso que los lleva a embarcarse rumbo a las costas de la isla de Gerde, donde tendrán que llevar a cabo su guerra particular.
         Encuentros, atracciones, negativas, amor, amistad… todo se entremezcla, pero lo único que los chicos tienen claro es que deberán matar y, si es necesario, morir luchando para garantizar que los demás puedan sobrevivir.